La apariencia o la vida
En este mes de Abril una noticia asombro desde Rosario al resto de los argentinos. Un hombre para proteger su auto nuevo rompió las más elementales reglas de tránsito y convivencia, y llegó al desgraciado hecho de matar a una niña.
El asombro repercute en todos por la pérdida de una vida, pero de no haber sucedido, la pregunta es ¿condenaríamos a un hombre que protege su auto? Aunque la gente se tenga que bajar a la calle para pasar, con el peligro que la atropelle un auto, o sea golpeada por las piedras mientras el auto no sufre daños. Nosotros, qué haríamos en ese caso, son preguntan para pensar.
Pero el problema surge mucho antes y a pesar de la tormenta de piedras que alguna vez azotó centenares de autos unos años atrás. Surge a partir de una sociedad construida por el Gran Hermano, la Tinelizacción, las aventuras de personas de nula formación que muestran sus miserias y parecen triunfar, todos estos personajes son frutos visuales, que necesiten que los vean, los miren y son capaces de las mayores bajezas para que alguien hable de ellos. Cuantas personas los siguen, cuantas venderían sus miserias, si alguien las comprará, para ser famosos, para ser vistos diferentes, en definitiva para ser vistos.
Una propiedad, aún los departamentos tienen un toque distintivo dado por su habitante, un auto hecho en serie, es lo más vulgar que hay como posesión, el auto es para los débiles, a los que caminar o la bicicleta les abruma, y el transporte público los cansa. El auto contamina, tiene demasiados gastos, ocupa lugar y encima te cobran cuando usas la velocidad para la que está preparado. Pero astutamente se lo vende como algo único, como si fuera el auto hecho a su medida, con gran potencia y lujo especiales, pero fundamentalmente es un valor que pueden ver fácilmente los otros. Aquella persona que no puede figurar en las pantallas mediáticas o no es parte de la gran Boludez de este año se conforma con que en el barrio, en el trabajo y las amistades lo valoren por lo que tiene, que es un auto de los que se hacen millones por año. El resto que lo festeja se encuentra en el mismo pensamiento, con más o menos envidia, justificando la apariencia como modo de vida.
Tener no es malo, pero hay que saber valorar nuestras posesiones. Quiero creer que soy libre, que es mi valor más preciado, porque todo lo importante lo puedo llevar sobre mis espaldas. Sé que para la mayoría su tener necesita evidencia elocuente, visual, comparativa y sobre todo objetivada, pocos perciben el valor de la subjetividad, el de leer un libro y entenderlo, la percepción de una pintura, las creaciones tecnológicas aplicadas a la comunión entre el hombre y la naturaleza, en fin el conocimiento como superación personal.
Una mujer me solía decir cuando tu ego crezca demasiado enfrenta desnudo un espejo, y cuando sea muy pequeño imagina al resto en ese mismo espejo. Será por eso que una tradición rusa cuenta que el diablo al buscar al usurero, que antes de morir se comió las monedas de oro, le dijo a los deudos, yo me llevo la bolsa el resto es de ustedes.
Yo le digo que definitivamente lo condenaría, se puede ser estúpido, pero no se puede permitir que la estupidez ajena avasalle con los derechos más elementales de una sociedad.
Tras la apariencia se nos va la vida, y al final no nos queda ninguna.